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Pasiones ardientes

SINOPSIS

Alberto, un joven de dieciocho años, descubre por casualidad un lugar oculto que pronto se convertirá en su refugio más íntimo. Impulsado por su atractivo natural y por el despertar de sus deseos, hará de ese rincón secreto el escenario de diversos encuentros que marcarán su juventud.

A través de una serie de historias entrelazadas, la novela explora las pasiones, anhelos y conflictos de sus personajes, unidos por un mismo hilo conductor: la pasión incontrolable por el sexo.

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Ricardo A. Enríquez Arjona

Nació en Coatzacoalcos, Ver. El 28 de Mayo de 1947. Estudió Contador Público, con Maestría en Administración Pública y en Seguros de personas. Gusta de escribir, pintar al óleo, leer y jugar tenis. Es corredor de seguros hace 47 años. Éste es su 6º libro, escribió:

La Sociedad secreta…contra el crímen”, “Una cabaña en la montaña”, “Como una sombra”, “El pordiosero de la suerte”, “El Diario de Margarita” y ahora “Pasiones ardientes”.

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© RICARDO ARJONA | Todos los derechos reservados

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Muestra del libro

CAPÍTULO 1

Alberto bajó del departamento en el que vivía, en el cuarto piso, y se quedó en la entrada del edificio prácticamente sin hacer nada; solo veía a la gente pasar y a un perro que se detuvo ante él. Después de mirarse mutuamente, el animal continuó su camino. Alberto López Cortés vivía con su madre, una mujer soltera que trabajaba como secretaria del director de una empresa de avalúos y pronósticos financieros. Llevaba muchos años en ese empleo y era muy apreciada por su dedicación, así como por lo bien que realizaba cualquier encargo. Entraba a las nueve de la mañana y prácticamente no tenía horario de salida, ya que eran excesivas las tareas que le encomendaban. Por lo anterior, antes de marcharse, dejaba hecha la comida para su hijo.

Ella solo podía convivir con él los fines de semana. Las pocas veces que lograba salir temprano y quería verlo, se molestaba al notar que no estaba en casa; y es que Alberto, además de asistir a la escuela, salía a divertirse con sus amigos o se juntaba con sus compañeros a estudiar y hacer tareas en la casa de alguno de ellos. Esto le impedía verlo con frecuencia y, aun menos, vigilar su comportamiento.

Alberto tenía apenas diecinueve años y cursaba el último año de la preparatoria. No era un buen estudiante, ya que continuamente se iba a exámenes extraordinarios debido a sus bajas calificaciones o a las faltas. Era de complexión delgada, medía un metro con setenta y ocho centímetros y pesaba setenta y cuatro kilos. De piel morena clara, tenía ojos ligeramente claros que a veces se le veían verdes, y otras amarillentos; era de carácter alegre y buen deportista. En el equipo de fútbol de su escuela jugaba como portero, por lo que era muy popular.

El edificio en el que vivían carecía de elevador, por eso, cuando bajaba a comprar algo a la tiendita de la esquina, solía quedarse un rato abajo antes de regresar y, cuando se aburría, subía. Era un inmueble viejo, ubicado en la colonia Narvarte. Además de los cuatro pisos, tenía una azotea con pequeñas celdas de alambre grueso donde algunos inquilinos acostumbraban a tender su ropa para que se secara al sol; sin embargo, pocos lo hacían debido a la pesada subida de las escaleras.

El inmueble tenía dos departamentos por piso, con lo que sumaba un total de ocho. A pesar de las pocas personas que habitaban en él, no existía gran relación entre ellas; aunque se saludaban de manera cortés y educada, el trato no pasaba de ahí. A veces se cruzaba con Linda, quien vivía con sus padres en el segundo piso. Era una joven de cara bonita, bajita y un poco gordita para el gusto de Alberto. Tenía veintidós años y estudiaba medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México; casi siempre vestía con una bata blanca. Alberto presentía que le atraía, pues cada vez que la encontraba, ella le alargaba la plática con una sonrisa de oreja a oreja. Al menos eso era lo que él percibía. Linda era amiga y compañera de universidad de Macarena, una prima segunda de Alberto por parte de su mamá que vivía como a ocho cuadras de ellos. De vez en cuando la veía cuando iba a estudiar a la casa de Linda, o bien cuando la mamá de Macarena, Martha, los invitaba a comer algún fin de semana en el que pasaban un rato agradable. Sin embargo, Alberto se resistía a ir y su madre tenía que convencerlo cada vez, pues él sentía que su prima, cuatro años mayor que él, era un poco aburrida y muy persignada. Decía que, en vez de estudiar medicina, se hubiera metido a un seminario para convertirse en monja, además de que se vestía como tal.

En el primer piso estaba un matrimonio de edad avanzada, muy educados, que cuando los veía les ayudaba a cargar sus bolsas del súper, y pasaba a su departamento donde siempre le insistían a tomar un café con pastel, lo que Alberto agradecía y rechazaba.

En el tercer piso vivía sola una maestra de cuarenta y dos años que daba clases de química en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); hacía aproximadamente tres años que se había divorciado. Alberto aún recordaba al marido, un hombre con cara de pocos amigos. Muchos de los habitantes del edificio habían agradecido que se fuera. Con algunos de ellos había tenido discusiones, pleitos e incluso conatos de bronca, sin contar el escándalo que siempre armaba cuando llegaba borracho. Las discusiones con su esposa se oían en todo el edificio, donde todos, por supuesto, estaban del lado de ella. La maestra era una mujer relativamente delgada. Le gustaba tomar el sol algunos fines de semana cuando iba al club, lo cual acentuaba el tono oscuro de su piel. A pesar de usar faldas debajo de las rodillas, se podía apreciar la buena forma en la que se mantenía, lo que le confería una figura estilizada, elegante, con buen porte y muy guapa. Sin embargo, su semblante casi siempre era serio, como si algo la preocupara todo el tiempo; como si cargara un dolor oculto que solo ella conocía. A los otros habitantes del edificio casi nunca los veía, pues tenían horarios diversos y había poco deseo de socializar por parte de todos.

El edificio tenía un edificio gemelo, pegado a él, con el mismo tamaño y diseño. El dueño, don Joaquín López Leal, había sido un comerciante bodeguero de la Merced (lugar donde estaban establecidos cientos de comerciantes con bodegas de verduras, frutas, carnes, mariscos, pescados y muchos productos más que distribuían y vendían en la Ciudad de México). Los edificios los había hecho por los años cincuenta y, al morir, se los dejó a cada uno de sus hijos: Joaquín, el mayor, y Francisco López Sánchez, el más chico. El primero, serio, formal y educado, era el dueño del edificio donde vivían las personas antes mencionadas. El otro hermano, irresponsable, jugador y borracho, al parecer traía deudas y problemas legales por todos lados. Ante la desesperación por sus deudas de juego, tomó decisiones equivocadas, entre ellas la falta de pago del impuesto predial, así como del impuesto sobre la renta, por lo que en su desesperación subió en exceso las rentas, y por su mala administración dejó de pagar el mantenimiento de su edificio. El edificio se fue vaciando cada vez más, por lo que en la actualidad se hallaba inhabitado y prácticamente abandonado, con sellos de la delegación que prohibían su funcionamiento. Algunos pensaban que estaba embargado. Otros, que lo había perdido en el juego. Otros decían que era por problemas en la alcaldía por impuestos y multas. Era un verdadero misterio para todos.

Alberto estaba por subir a su casa cuando un pequeño auto blanco se estacionó en la entrada del edificio. Unos minutos después, pasó Linda junto a él, con una minifalda, muy arreglada, lo que le sacó un suspiro a Alberto, que nunca la había visto tan atractiva y sensual. Las piernas eran perfectas proporcionalmente a su estatura, gruesas, pero bien torneadas; no se veía nada gorda, por el contrario, estaba impresionante. Pasó junto a él con una sonrisa franca, se saludaron de beso y de inmediato salió al encuentro del auto estacionado y subió a él. Alberto sintió por primera vez algo interior que lo quemaba por dentro, como si fuera un celo que nunca había sentido. Era entre contrariedad, sorpresa y celo. De repente se dio cuenta de que estaba molesto, muy molesto, y celoso. Subió las escaleras ágilmente de dos en dos; se sentía completamente irritado. No había descubierto lo atractiva que era.

CAPÍTULO 2

Alberto se reunía con un grupo de amigos y compañeros del salón: Luis y Manuel, de edades similares, al igual que Lorena y Bertha. Eran amigos de salón desde la secundaria. Ellos eran compañeros también del equipo de futbol. Arturo y Lupita se acababan de agregar al grupo al inicio de clases. Lupita era la más liberal con provocativas vestimentas, ya que sus minifaldas y vestidos atraían las miradas de toda la escuela, sobre todo por el buen cuerpo que mostraba y su contoneo al caminar. Además, era la mayor del grupo con veintiún años. Lupita llegó a la escuela ya que de la anterior la habían expulsado; nunca se supo la causa.

Los siete se juntaban a estudiar en las diversas casas de cada uno, y a veces acudían a partidos de futbol, a fiestas o eventos diversos; todos rondaban entre los dieciocho y los veintiún años. Lorena y Bertha, de diecinueve cada una, eran las más inteligentes y estudiosas del grupo, pues sacaban las mejores calificaciones. Eran un poco más serias que los demás. Bertha era la más callada, además de tímida. Arturo era el muchacho al que todo se le resbalaba, de padres divorciados; su papá trabajaba en el gobierno y su madre se había regresado a vivir con su mamá. Su padre tenía mucho dinero y constantemente estaba fuera de casa, viajando al interior de la república por temas de trabajo, por lo que Arturo era completamente descuidado y aniñado en su comportamiento; era el más chico del grupo, tenía dieciocho años. Era el único que tenía auto, en el que generalmente se transportaban como sardinas a todos lados. En el grupo de amigos no estaban definidos como parejas, al menos no por el momento.

Arturo invitó a todos a una fiesta en su casa el viernes por la tarde, ya que no estaría su padre en la Ciudad de México. Todos confirmaron de inmediato. La cita iba a ser a las cinco de la tarde, ya que a algunas de ellas no las dejaban llegar muy tarde a su casa, principalmente por el tema de los asaltos y las desapariciones forzadas que los padres consideraban alarmantes, tanto en la colonia Narvarte, donde el joven vivía, como en el resto de la ciudad, la cual no gozaba de buena fama en temas de seguridad, y mucho menos en horarios nocturnos. Toda la Ciudad de México, al igual que el interior del país, se había vuelto de alto riesgo, sobre todo para las mujeres, y siendo jóvenes, peor aún.

Sofía Luna Márquez era una mujer muy inteligente de nacionalidad venezolana; vivía en el tercer piso del edificio y había venido a la Ciudad de México quince años antes, a la edad de veintisiete años, a estudiar una maestría en la Universidad Nacional Autónoma de México. Había terminado la licenciatura de Ingeniería Química en su ciudad natal, Caracas, Venezuela. En la maestría conoció a Manuel, cuatro años mayor, con el que finalmente se casó, sin que hubiera hijos de por medio. Durante su matrimonio todo iba bien, viajaban los fines de semana a diversos puntos del país y todo marchaba a la perfección. Por alguna causa él perdió su trabajo, y es ahí donde empezaron los problemas y las peleas. Empezaron a vivir de lo que ella ganaba en su trabajo, por lo que él empezó a tomar alcohol de manera desordenada. Luego, con la mente embrutecida, comenzó a sentir celos, imaginando que lo engañaba con gente de donde ella trabajaba, y empezó el martirio para ella. Cada vez que él se emborrachaba, que era bastante seguido, le decía que seguramente andaba con alguien, que seguía con él por lástima. Esto no se dio en los primeros cinco años de matrimonio, donde eran una pareja relativamente feliz y equilibrada. Pero en sus últimos años fue una verdadera pesadilla. Duraron casados nueve años antes de su divorcio.

En sus tres años de divorciada, ella no mantenía ninguna relación sentimental con nadie. A veces sentía que podía haber hecho más para salvar su matrimonio, lo cual le generaba desvelos y depresiones. Por ello se mantenía con un semblante serio, invadida por la tristeza. Cuando llegaba a sonreír, se veía muy guapa, con una dentadura blanca perfecta que la hacía ver muy atractiva. Tenía un cuerpo delgado y alargado, medía un metro con setenta y ocho centímetros, con un peso que rondaba los sesenta y ocho kilogramos. Muy acinturada, mostraba un pecho bien proporcionado; de piernas largas y bien torneadas, daba la imagen de una artista de cine escondida en las sombras del anonimato. Su piel era de un color moreno claro, que contrastaba con sus ojos, cejas y pelo muy negros. Al caminar, se mostraba como una mujer distinguida, de mucha personalidad y clase. Trabajaba en una empresa de mucho prestigio para cremas y perfumes como directora de control de calidad, y por las tardes daba clases de química en la UNAM.

Su departamento en el tercer piso lo tenía finamente adornado y, a pesar de tener muy buenos ingresos, nunca le dio por cambiarse a otro lugar o colonia mejor ubicada; le gustaba el viejo edificio donde vivía desde recién casada. Los fines de semana se iba al Club France, donde era socia desde tiempo atrás. Practicaba pilates y natación, y le gustaba asolearse en la alberca, lo que la mantenía con un color bronceado muy atractivo. Después se consentía con un vapor, un buen masaje, y las más de las veces comía en el mismo club.

En la universidad donde impartía la clase de química tenía fama de muy estricta y muy buena como maestra; los alumnos sufrían en sus exámenes, pero era justa y muy disciplinada. Todos le tenían un gran respeto. Tenía algunas amistades, pero era muy reservada para intimar con alguien, por lo que casi siempre estaba sola.

Llegó el día viernes, todos los del grupo confirmaron; de la escuela salían a las dos de la tarde, comerían cada quien en su casa y se reunirían a las cinco de la tarde para oír música, tomarse una que otra copa y disfrutar la reunión. Todos querían pasar un buen rato de esparcimiento para descansar de la semana, que había estado pesada con uno que otro examen y una buena carga de tareas. Arturo se fue rápido a casa para comprar algunas botanas para la reunión. Era un muchacho regordete que nunca había hecho ningún deporte, y un poco abandonado del cariño de sus padres. Su mamá lo recibía en su casa los fines de semana, pero eran muy aburridos, porque casi siempre comían en casa con los abuelos y en algunas ocasiones se iban los dos al cine. Por el lado de su papá, pocas veces lo veía, ya que viajaba mucho por distintos puntos del país, pero cuando estaba en casa, lo único que hacían era ver partidos de fútbol en la televisión. Por ello le emocionaba saber que iba a estar con sus amigos, pero sobre todo junto a Bertha, que le gustaba mucho. Si se daba la oportunidad, esa tarde se le iba a declarar. Tenía nervios y miedo a que lo fuera a rechazar, pero sabía que ella no andaba con nadie ni manifestaba algún gusto hacia alguno de los otros amigos, aun cuando estaba consciente de que Alberto y Manuel eran los más galanes del grupo, e incluso del salón, pero nunca había notado algún indicio de que ellos le atrajeran a su hermosa Bertha. La casa de Arturo era una gran residencia ubicada en la calle de Anaxágoras. Era una casona de los años treinta, con techos muy altos, varias recámaras y estudios. Les quedaba muy grande, ya que solo vivían los dos y, en la parte de atrás, el servicio, que contaba con dos muchachas hermanas, originarias de Oaxaca, que se encargaban de la limpieza y de la comida.

Ellas le ayudaron a Arturo a sacar refrescos, botanas, una botella de ron, otra de vodka, cervezas, hielos, servilletas… Checó la música que escucharían: «Todo listo», pensó.

CAPÍTULO 3

Linda se encontró con Macarena en la clase que acababan de tomar juntas, en la Universidad Autónoma de México, y decidieron tomarse un café juntas.

—¿Qué onda, Maca, cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Bien, también. El otro día vi a tu primo Alberto, está guapísimo, me encanta, lástima que esté tan chico, si no, me lo robaba.

—Ja, ja, sí es un lindo, y se me hace todavía muy niñote, pero de que está guapo, sí que está guapo mi primo, no lo puedo negar. Es primo segundo, porque su mamá y mi mamá son primas, pero las une una gran amistad.

—Sí, pero está para pervertirlo, ¿no crees? Ja, ja, ja.

—Creo que tiene como dieciocho o diecinueve años apenas, pero está guapo y sexy.

—Sobre todo sexy. Un día que me lo encuentre por ahí solo, me lo voy a llevar a tomar un café o algo para saber qué piensa, pues creo que es un poco tímido.

—Sí, es un poco tímido. Cuando va a la casa, se la pasa con su celular y casi nunca platica conmigo ni con mi mamá. Realmente lo conozco poco.

—Bueno, pues si lo veo, ya te platicaré.

—De acuerdo.

—Y tú, Maca, ¿qué onda? ¿Sigues de santurrona? ¿O ya te vas a quitar esa carga de no haber tenido relaciones a tus veintitrés años? ¿Qué onda? Te estás perdiendo parte de la vida. No tienes ni novio ni sales con nadie.

—La verdad es que no he conocido a alguien que me interese y que se interese en mí, ja, ja, ja. Creo que paso desapercibida para todos.

—Mira, lo primero que tienes que hacer es cambiarte esos lentes que están enormes; te ves muy nerd. Vestirte de otra manera. No eres fea, tienes muy buen cuerpo, pero no luces ni lo uno ni lo otro. Tienes que mostrar la mercancía para que la compren, ja, ja, ja.

—Pues sí, pero ya ves, mi mamá es muy conservadora y se podría inquietar.

—Ni madres, ella va a querer que disfrutes la vida, que conozcas a alguien o a «alguienes», ja, ja, ja, para que no te quedes a vestir santos. Ella ya vivió su vida, son otras épocas. Además, no sabes de lo que te pierdes.

—Sí, voy a empezar a cambiar, ya verás.

—Yo te ayudo a buscar ropa adecuada para tu edad, no de viejita o quedada. Y, si hace falta, te presento a alguien para que te empieces a divertir.

—¿Tú sigues con Santiago?

—No, a ese buey ya lo mandé a la chingada. Andaba con otra chava y lo descubrí porque ella le llamó a su celular cuando yo estaba con él. No sabía ni qué contestar.

—¿Y entonces? ¿Ahora con quién andas?

—Híjole, te voy a decir, pero no te vayas a espantar.

—No, no, ¿cómo crees?

—Ando con Martín, es un hombre casado. Me lleva diez años, pero está que se cae de guapo y de bueno. Y la verdad, me vuelve loca, no sabes cómo lo hace, me manda al cielo.

—Ay, Linda, eso no te va a llevar a nada bueno.

—Ya lo sé, Maca, pero mira, por el momento lo disfruto un tiempo. No creo que nuestra relación sea eterna, además me dice que, si quiero andar de novio con alguien, que ande, que por él no habría problema. ¿No es un sol? Es un hombre maduro. Y la verdad solo se vive una vez…